miércoles, 12 de abril de 2017

Elefante / galanteos antiguos

Con mi hijo en una exposición de grabados. Para el recuerdo: un elefante peludo perpetrado por Goya y el cómico cuello de ganso que exhibe cierta dama inmortalizada por Durero, cuya escandalosa fealdad no casa en modo alguno con el visible arrobamiento del galán que la acompaña en su paseo campestre. "Él está ciego de amor" o bien "ella tiene mucho dinero" fueron las únicas explicaciones que se nos vinieron a la cabeza. En cuanto al elefante, nos quedó perfectamente claro que Goya no había visto un elefante en su vida. Ni de lejos, vaya.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Cómo contar la guerra de Cuba en una página y media

De la novela Mala hierba, de Pío Baroja:

Habló de la vida en la isla, una vida horrible, siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del ejército, antes de fantásticas batallas –porque los cubanos corrían siempre como liebres–, disputándose las propuestas para cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego, la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados, la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: "¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!". Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto, los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos decían: "Mi capitán, yo me quedo aquí"; y se les quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos; todos los días, cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.
–Y al llegar a Barcelona, ¡moler, qué desencanto! –terminó diciendo–. Uno que espera algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: "Me van a marear a preguntas cuando llegue a España." Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender a la patria! ¡Que la defienda el nuncio! Para morirse de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: "Si hubieras tenido riñones no se habría perdido la isla." Es también demasiado amolar esto...