miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cuchillo que no corta / quiero ser rentista

Abandonar una vieja (y apolillada) amistad como quien cierra un negocio ruinoso al cabo de muchos años de darle coba inútilmente. Sensación de descanso, de profundo alivio, de enfermedad superada (enfermedad un tanto vergonzante, todo sea dicho). Único error que me reconozco: haber dado a entender que mi paciencia era infinita, cuando en realidad podía acabarse en cualquier momento.

Leo en El cuaderno gris de Josep Pla: "Me gustaría tener dinero, porque el dinero es la libertad, sobre todo en nuestro país; pero no el dinero cuya administración me hiciese perder demasiado tiempo o me produjese una forma de angustia triste y estéril." Se trata, en definitiva, del dinero del pequeño rentista. Heredar media docena de pisos y ponerlos a rentar, no tener que realizar otro esfuerzo que el de telefonear de vez en cuando al fontanero o al abogado de la familia –en eso o en algo parecido debe de consistir la libertad, que es, permítaseme la perogrullada, la base de cualquier felicidad imaginable. Una rentita segura, suficiente, y lo demás ya es cosa de uno (azares aparte).


domingo, 24 de septiembre de 2017

Un cuento de Chéjov

Acaso no seamos otra cosa que personajes de un cuento de Chejov...

Lenta y descolorida va transcurriendo la vida, llena de medias verdades y de medias mentiras. Y aunque tú no lo sepas, aunque te creas dueño de tus horas y de tus deseos, no haces sino cumplir lo que Chéjov te dicta. Si al menos fueras un revolucionario, un científico, un artista o un pintor famoso. Pero tu vida es común y ordinaria. Una vida insatisfecha, desperdiciada. ¿A quién podría interesarle? ¿Qué lector resistiría la lectura de una historia tan triste y anodina? Chéjov, no obstante, escribe, sigue escribiéndote, insiste en narrarte. Hace que cada mañana te levantes y vayas a la oficina y que los viernes por la noche te reúnas con los amigos en el bar de Marcelo, donde te obliga a beber y a decir tonterías; te da lecturas (también lees a Chéjov, por qué no) y algún que otro entretenimiento con que pasar el rato. Te ha dado eso que llamas error monstruoso, sin saber que, al nombrarlo así, repites las palabras que ya dijera hace muchos años el bueno de Aliojin. Te provee, en fin, de discretas alegrías y de tu correspondiente ración de disgustos. Nada serio.

Hasta que un mal día -ese día terrible y al mismo tiempo profundamente banal que a todos los personajes de Chéjov nos ha de sobrevenir tarde o temprano- te verás en el espejo de una habitación que no es la tuya y descubrirás que tu cabeza ha encanecido por completo, te verás, sí, muy desmejorado, y acabarás preguntándote, extrañado y lleno de compasión por toda esa pobre gente que apenas ocupa un párrafo en un cuento de diez o doce páginas, lleno de compasión y de ternura por ella y por ti mismo, cómo es posible haber envejecido tanto en los últimos años. Y de repente sientes frío, un frío moscovita, y en el hogar gime la ventisca.

Pensarás que debías de haberlo pensado antes. O, mejor, que no hay que pensar en absoluto.