jueves, 11 de noviembre de 2021

Parábola del Impala

El hombre iba conduciendo un Impala del setentaiuno por la carretera del desierto de Sonora. Fumaba con el codo apoyado en la ventanilla abierta y llevaba puestas unas Ray-Ban de aviador que debían de haberle costado lo suyo. Era lo que se dice un gran tipo, con una gran facha y un gran coche, atravesando un gran desierto.

Pero toda esa gloria no era más que puro camelo. De repente el Impala fue un Seat 131 de cuarta o quinta mano, y las Ray-Ban, unas Royo-Bom que compré hace años por dos perras gordas a un vendedor ambulante en un chiringuito de Sanlúcar. Como ya habrán adivinado, el tipo no era un gran tipo, sino yo mismo. La carretera era una carretera comarcal de las de toda la vida, y a unos cien metros por delante de mí había un cartel que decía: venta La Tonta, mosto a granel. En vez del imponente desierto americano, campos sembrados de mustios girasoles y alguna que otra cabra suelta triscando por ahí. Eso sí, en el 131 hacía un calor de cojones.

―Entre un Chevrolet Impala y un Seat 131 hay sin duda grandes diferencias ―dijo entonces el maestro Zhuang, y añadió con mucha guasa―: A esto llaman mutación de las cosas.

martes, 5 de octubre de 2021

La vida tengo ganada

Mi proyecto de vivir como un salvaje sin salir de casa se vio truncado por una visita de urgencia al dentista. Tuve que ducharme, afeitarme (adiós a mi barba de náufrago), ponerme pantalones (hasta entonces me habían bastado y aun sobrado unos simples calzoncillos), etc., todo eso para ofrecer un aspecto civilizado bajo la fresa. Volví, pues, al punto cero del salvajismo, y casi simultáneamente me deshice de un buen puñado de rublos que hicieron aún más rico a mi dentista. Estos hechos ocurrieron a principios de agosto, en la que podríamos llamar fase quimérica de las vacaciones. Los anoto ahora, en otoño, porque justo ahora me entró la nostalgia de vaya usted a saber qué.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Ars longa, vita brevis

Para pagar una vieja deuda de lector, estoy leyendo El arco iris de gravedad. Consumidas a día de hoy 603 páginas de un total de 1148. También leo a saltos los Cuadernos de Cioran, un tocho de 1053 páginas. Viene al caso recordar que el arte es laaaaaargo y la vida breve.

lunes, 5 de julio de 2021

Estancos

 Ay, los estancos... Los estancos y los estanqueros y estanqueras de los estancos que hay en un radio de ‒sin equivocarme demasiado‒ quinientos metros, tomando mi domicilio como centro de este imaginario círculo vicioso (del vicio de fumar). Saco cuentas de cabeza y me salen cinco estancos: el de la calle Jesús del Gran Poder, el de Trajano, el de Amor de Dios, el de El Corte Inglés, el de San Eloy... Esos estanqueros y estanqueras, que me ven entrar en el estanco y antes de que yo abra la boca ya están poniendo un paquete de Luckies sobre el mostrador (son buenos profesionales, los estanqueros; conocen bien su oficio). Que los estanqueros me recuerden y conozcan mis gustos es algo que me halaga y me preocupa. ¿Soy popular entre los del gremio de estanqueros? Esto me halagaría mucho. Tonta vanidad, como la que produce el que lo saluden a uno por su nombre los camareros del Dueñas o el conserje del colegio de abogados; tonta, tonta vanidad, no hay más que decir... ¿Y tanto fumo? Esto, naturalmente, me preocupa. No demasiado, porque me resulta difícil tomar conciencia, pero lo que se dice tomar conciencia de verdad, de la inmanente fragilidad de cualquier salud, en particular de la mía. La enfermedad, ya sea propia o ajena, siempre me coge por sorpresa, y ahí se puede ver claramente que en el fondo sigo siendo un niño.

En esto de los estancos soy de una infidelidad absoluta. Nada me costaría acudir siempre al mismo estanco; por cercanía y antigüedad, el de la calle Jesús del Gran Poder sería, por derecho propio, “mi estanco”. Pero algo me lo impide. Solo para dar un pequeño paseo o por pura novelería, desdeño el estanco de toda la vida y me acerco hasta el nuevo estanco de la calle Trajano, con sus revistas y souvenirs y otros artículos que nada tienen que ver con el fumar, con su estanquera gorda y chabacana que se toma conmigo demasiadas confianzas (me llama “hijo”, aunque casi podría ser su padre, si es que yo hubiera podido engendrar algo así). La gorda (caigo ahora en la cuenta de que nunca he visto su rostro, siempre oculto tras la mascarilla) me alcanza un paquete de Luckies sin mediar palabra, y yo acerco la tarjeta de crédito a como quiera que se llame ese cacharro que lee las tarjetas de crédito. 4,45.

 ‒¿OK? ‒digo.

‒ Todo bien, hijo ‒me dice la estanquera resollando un poco.

Los estancos...

domingo, 2 de mayo de 2021

Cómo no iba a haber un poco de desorden?

Pequeñas aventuras sanmarianas, como acompañar al Jefe adonde el Mudo, que, según parece, vende a precio de chiste un excelente vino tinto de fabricación casera (extrarradio, plantaciones, carriles de tierra, construcciones levantadas a la diabla; rápidamente perdidos y rescatados media hora después por un simpático tractorista ―el Jefe habla con él a voces sacando medio cuerpo por la ventanilla del coche― que nos indica el camino que debemos seguir a través de aquel laberinto). O subir al cerro del castillo sólo para descubrir que eso que en Santamaría Sur se conoce como El Castillo no es más que un viejo paredón con un gran agujero en el centro. También expulsar a un pájaro negro ―desde luego no es un cuervo, como ha dicho por teléfono la mujer del Jefe― que se ha colado en la cocina. Palos, revoloteos del pobre animal tropezando aquí y allá. Finalmente el no-cuervo encuentra la salida, sale disparado hacia el jardín y se posa ―imaginémoslo exhausto y todavía asustado― sobre un alero.

Y en la madrugada del viernes, un estruendo... Salto de la cama, recorro la casa alumbrándome con el teléfono móvil. El dormitorio de mi hijo. Nada. El pasillo, el comedor, el salón, la cocina. Nada de nada. La puerta del piso, etc. Todo parece estar en orden. Qué extraño. Vuelvo a acostarme. Pero ya de mañana, después de ducharme y vestirme y poner dos rebanadas de pan en la tostadora, noto un gran y ominoso vacío en la pared del salón. Entonces... ¡sí, lo veo! Un cuadro se ha desprendido de la endeble alcayata que lo sujetaba y se ha estrellado contra el suelo, el cristal hecho añicos.

Luego, en el tren que cada viernes me lleva a Santamaría Sur, levanto la cortina de la ventanilla que queda justo a mi izquierda para, qué se yo, distraerme con el paisaje y dejar que entre en el vagón un poco de sol. Parece imposible, pero... el vidrio está roto, quebrado, una miríada de pequeñas quebraduras. Un empleado ha puesto en la ventanilla una pegatina que advierte a los pasajeros del peligro; veo en el cristal el agujero que ha dejado el impacto de alguna cosa, una piedra, o una bala si queremos ponernos románticos. Demasiados cristales rotos, me digo. Bueno, solo dos. ¡Pero, qué casualidad! Inevitablemente pienso en el Inferno de Strindberg.

Mientras, el tren avanza. Avanza. El cuadro roto, la ventanilla rota. ¿Qué más? Habrá más tarde un vaso roto, un vaso que se resquebrajará cuando mi mujer vierta en él el café de su desayuno. Me lo dirá cuando regrese a casa, al anochecer. ¿Pueden creerlo? Pero ahora el tren avanza. Campos sembrados de paneles fotovoltaicos. Avanza. Un pueblo llamado Dos Hermanas. Grandes silos. Avanza. Un pueblo llamado Utrera. Nubes blancas y altas. Avanza el tren. Ya llega, ya estoy aquí otra vez: Santamaría Sur.