domingo, 23 de octubre de 2016

Galería

1. Presume de buena educación, de crianza, y sin embargo es la mujer más chismosa, estridente y ordinaria que he conocido en mi vida. El contraste entre sus pretensiones y la evidente realidad es tan brutal que uno se pregunta cómo es posible que se crea capaz engañar a alguien. Posee una auténtica lengua viperina e inagotables reservas de veneno, y puedes tener la seguridad de que tan pronto como le des la espalda te despellejará vivo. Entonces oírla y callar, oír cómo vitupera a un conocido común y asentir en silencio para no dar pie a más murmuraciones. Aunque no siempre, ¡ay!, consigue uno mantener la boca cerrada. ¡Es tan fácil caer en el chismorreo! Lleva la cara embadurnada de maquillaje y un vestido excesivo en todos los sentidos.

2. Su marido es exactamente la versión masculina de sí misma. Son tal para cual. Juntos forman una pareja verdaderamente repulsiva. Toda cautela es poca con estos dos alacranes.

3. Sigue siendo un hombre amable y cortés, con un punto de amargura que los años han acentuado y que intenta disimular con grandes risotadas que no siempre vienen a cuento. No obstante su amabilidad, sus indiscutibles buenos modales, aprovechará cualquier oportunidad que se le presente para tratar de dejarte en evidencia o para hacerte una broma no del todo bien intencionada o para recordarte pasados agravios, ya sean verdaderos o imaginarios. Frágil y rencoroso, aunque esto último no lo demuestre a las claras. Un solitario que se te colgará del brazo a poco que te descuides. Fácilmente puedes caer en la tentación de apiadarte de él, y en ese caso estarás perdido. En su favor hay que decir que a veces -cuando, por ejemplo, salimos a la calle a echar un cigarrillo- me habla con sencillez y franqueza, sin ocultar su debilidad.

4. El ausente, de quien el marido de Lengua Viperina dice a mis espaldas (más tarde me vinieron con el chisme) que no ha asistido a la reunión porque yo estoy allí. Me cuesta creerlo, pero no es del todo imposible.

5. Ha ensanchado, envejecido. Ya no es la niña guapa y estilosa que conocí cuando ambos teníamos dieciocho años, de manera que tengo que realizar un verdadero esfuerzo para extraer de su rostro actual el rostro que he guardado en mi memoria durante nada menos que treinta años. Es la única persona de la reunión con la que me siento realmente a gusto. Lo cual me produce cierta extrañeza, pues, que yo recuerde, en el colegio nunca crucé con ella más de dos palabras por culpa de mi timidez. Sí, es rara esta espontánea simpatía mutua. Aunque quizá esté yo equivocado y todo sea un juego de máscaras. Agradable conversación, no obstante mis sospechas de que estamos representando una farsa. Viste ropas oscuras.

6. Justamente la cara y los ademanes que uno espera encontrar en un viejo tabernero resabiado. Entre él y yo un abismo que ninguno de los dos quiere ni quiso nunca saltar. Hacemos bien.

7. Tiene plena conciencia de ser un hombre atractivo (lo es) y expansivo (lo es). Me ha recibido con más cordialidad de la que me cabía esperar. Cierto es que su arrogancia, su chulería innata, que tanto me repelían cuando éramos compañeros de clase, están algo mitigadas por las imprescindibles normas de urbanidad que es necesario guardar cuando ya no se es un niño. Pero basta con que la atmósfera se distienda un poco después de algunas cervezas y de un rato de conversación para que la máscara comience a resquebrajarse y a dejar entrever entre las grietas su verdadera cara de jactancioso donjuán. En tiempos fue novio de la número 5. Y con esto creo haber dicho mucho.

8 y 9. Dos perfectos desconocidos. Aunque la cara del 9 me suena bastante. Encarna a la perfección el arquetipo del rancio sevillano, dicho sea cariñosamente.

10. Alguien a quien conozco tanto que me da pereza decir algo acerca de él.

11. Yo: al principio nervioso, torpe, algo envarado, luego más tranquilo, luchando íntimamente contra mi timidez, lo que me provoca un ataque de mordaz locuacidad del que más tarde me arrepentiré amargamente, sin saber muy bien cómo me he dejado convencer para acudir a esta reunión de antiguos compañeros del colegio. Sin saber si en verdad me alegro de todo esto, como no dejo de manifestar una y otra vez. Sin ninguna pretensión, desde luego. No muy seguro de haber comprendido qué ha pasado en realidad. De ahí tal vez la necesidad de estas notas.

lunes, 8 de agosto de 2016

Viva México, cabrones

A México nos vamos en estos días de canícula y sofá y tiempo de sobra para aburrirnos como nopal en el desierto. Al México que aquí me invento (México sin salir de casa, sin salir del iPad podría decirse) se entra por la puerta grande de Juan Rulfo. Rulfo es infinito, aunque paradójicamente toda su literatura quepa en un par de tardes bien aprovechadas. Y luego luego de Rulfo (inclúyanse of course sus fotografías), recorrer despacito el largo camino de las películas de María Félix y de Dolores del Río y también, por qué no, las abominables aunque extrañamente seductoras películas de luchadores: Santo y Mantequilla Nápoles en La venganza de la Llorona y Lorena Velázquez y Elizabeth Campbell en Las luchadoras contra la momia o en Las lobas del ring. Qué guapa Lorena y  qué bien luchaba. Todas en YouTube. Y entreveradas, la novela Mantra del argentino Rodrigo Fresán, que ando leyendo, y las novelas del chileno Roberto Bolaño, que ya leí y que algun día volveré a leer. Y en mi (mala) memoria, las novelas La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente del, este sí, mexicano Carlos Fuentes. Y si hay tiempo, revisitar las películas Los olvidados y Él de Luis Buñuel y El tesoro de Sierra Madre de John Huston, sin olvidar las películas que Sam Peckinpah rodó en México. Y descubrir por casualidad la película Macario con su poderosa imaginería (vean mis conciudadanos el comienzo de la película y díganme a qué les recuerda... Claro, la Canina, pero también Valdés Leal y sus postrimerías, dense una vueltecita por la iglesia de La Caridad y miren ese esqueleto mitrado, mírenlo bien e imagínenselo encaramado a un paso y entrando en La Campana. Glorioso). Y la película aquella de Eisenstein que quedó inconclusa pero que nos dejó vigorosos fotogramas, todos muy mexicanos y al mismo tiempo muy Eisenstein.

Ítem más: el tequila que bebíamos a tumba abierta cuando éramos más jóvenes, las calaveras de azúcar que nunca probamos, las cananas terciadas y el sombrero charro de nuestra infancia. Y el calor. La calor. Del calor, de la calor, poco es lo que México puede enseñarme, la verdad.

Supongo que todo esto tiene tanto que ver con México como el flamenco, las corridas de toros y la paella tienen que ver con España. Pero hay que disculparme, mis recursos son escasos y mi erudición muy pobre.