sábado, 11 de junio de 2011
La víspera
La cosa no resultaba. Una manchita de sangre en la comisura de sus labios me hizo ver que debíamos parar de inmediato, así que, dándole una palmada en el muslo, le dije: "Basta de contorsiones, muchacha; esto no va". En total, ni dos minutos. Lo que se dice una escaramuza sin consecuencias. Sin embargo, cuando la vieja entró de golpe en la habitación —imagínate el susto— y encontró a su hija debajo de un desconocido que tenía los pantalones por las rodillas y el rostro todavía congestionado... en fin, en tales circunstancias me hubiera resultado muy difícil hacerme entender, ¿no te parece? De manera que opté por cerrar la boca y aparentar la mayor calma posible; me di la vuelta en la cama y me quedé esperando acontecimientos. Cosa rara, la vieja no se puso a dar gritos ni a corretear de un lado a otro del dormitorio tirándose de los pelos, como cabía esperar. También ella, la mamá querida, la viejita, había decidido tomárselo con calma. Tanto mejor, pensé. No sabes cómo detesto los escándalos, máxime cuando no hay razón alguna. Porque, como te digo, aquello no había tenido la menor importancia. Desde luego aquella tontería no iba a impedir que al día siguiente la novia se plantara ante el altar del brazo de su padre con la conciencia tranquila y la cabecita bien alta, en eso parecían estar de acuerdo madre e hija. Y en cuanto a mí... bueno, lo creas o no, tan pronto como vi que la vieja se sentaba al borde de la cama con absoluta naturalidad, como si se dispusiera a soltar una amable reprimenda a dos niños traviesos, me desentendí alegremente del asunto.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Onettiana
Aquí la palabra amante, tan redonda, tan avasalladora, resultaría excesiva. Tan solo besos húmedos y abrazos que duraban toda la tarde, alguna rápida y nerviosa incursión de mi mano izquierda por debajo del jersey o de la falda (mi mano helada calentándose entre sus muslos, endureciéndole los pezones que alternativamente imaginaba rosados o morenos, recuerdo). Tácitamente nos negábamos el coito, porque sabíamos que hay remordimientos de todos los tamaños y al nuestro —la muchacha se empeñaba en hacerme creer que yo también tenía conciencia— lo queríamos pequeñito, manejable, reversible.
Recuerdo las tardes casi idénticas, siempre frías, siempre solos ella y yo en la trastienda de la pequeña librería de viejo donde jamás o rara vez sonaba la campanilla de la puerta. Negocio ruinoso, heredado de un hipotético padre bibliómano o traspasado con engaño por el anterior propietario. La verdad es que nunca supe cómo ni porqué Anika —este es el exótico nombre que le invento— llegó a convertirse en empresaria, valga la exageración, la bienintencionada ironía, ni de dónde sacaba para pagar el alquiler y llenar la despensa de aquel departamento de la avenida Díaz Grey al que nunca fui invitado. Por prudencia, supongo, para que el diablo no tuviera donde soplar más a gusto.
Tardes o una sola tarde de invierno, inmensa e inmóvil, para persistir en mi fracaso; dos roñosas sillas de enea, una mesa camilla, las tazas de café junto a las copitas de anís y algún que otro libro mohoso bajo la triste bombilla del flexo, única luz que nos permitíamos en aquella habitación sin ventanas, casi subterránea. Las inevitables conversaciones sobre tal o cual novelón —Anika no leía nada que el autor hubiera despachado en menos de quinientas páginas— y mis manos yendo y viniendo como si tuvieran vida propia, acariciándole la espalda rígida, el pelo, el óvalo de la cara, a veces adentrándose valientemente bajo la ropa, pero sin abusar, sabedoras de que no eran bien recibidas.
—No puedo —decía Anika bajando los ojos, apretando los muslos, obligándose a evocar la imagen del novio o marido siempre ausente de la ciudad y aun del país por razones que variaban según su estado de ánimo.
Yo entonces callaba y replegaba las manos, las juntaba bajo el mentón y apoyaba los codos en las rodillas, haciendo como si me sumiera en profundas reflexiones morales. Cuando la cosa se resistía a bajar, recurría a pensar en la muerte, viejo truco que nunca me ha fallado. ¡La muerte, la muerte!, gemía yo entre dientes, haciéndome el desesperado. Anika se reía mucho con estas cosas mías, recuerdo. Pero la risa tampoco la ablandaba.
Recuerdo las tardes casi idénticas, siempre frías, siempre solos ella y yo en la trastienda de la pequeña librería de viejo donde jamás o rara vez sonaba la campanilla de la puerta. Negocio ruinoso, heredado de un hipotético padre bibliómano o traspasado con engaño por el anterior propietario. La verdad es que nunca supe cómo ni porqué Anika —este es el exótico nombre que le invento— llegó a convertirse en empresaria, valga la exageración, la bienintencionada ironía, ni de dónde sacaba para pagar el alquiler y llenar la despensa de aquel departamento de la avenida Díaz Grey al que nunca fui invitado. Por prudencia, supongo, para que el diablo no tuviera donde soplar más a gusto.
Tardes o una sola tarde de invierno, inmensa e inmóvil, para persistir en mi fracaso; dos roñosas sillas de enea, una mesa camilla, las tazas de café junto a las copitas de anís y algún que otro libro mohoso bajo la triste bombilla del flexo, única luz que nos permitíamos en aquella habitación sin ventanas, casi subterránea. Las inevitables conversaciones sobre tal o cual novelón —Anika no leía nada que el autor hubiera despachado en menos de quinientas páginas— y mis manos yendo y viniendo como si tuvieran vida propia, acariciándole la espalda rígida, el pelo, el óvalo de la cara, a veces adentrándose valientemente bajo la ropa, pero sin abusar, sabedoras de que no eran bien recibidas.
—No puedo —decía Anika bajando los ojos, apretando los muslos, obligándose a evocar la imagen del novio o marido siempre ausente de la ciudad y aun del país por razones que variaban según su estado de ánimo.
Yo entonces callaba y replegaba las manos, las juntaba bajo el mentón y apoyaba los codos en las rodillas, haciendo como si me sumiera en profundas reflexiones morales. Cuando la cosa se resistía a bajar, recurría a pensar en la muerte, viejo truco que nunca me ha fallado. ¡La muerte, la muerte!, gemía yo entre dientes, haciéndome el desesperado. Anika se reía mucho con estas cosas mías, recuerdo. Pero la risa tampoco la ablandaba.
(Temerario ejercicio de estilo escrito bajo el influjo de Dejemos hablar al viento, de Juan Carlos Onetti.)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)