A principios de agosto intenté dejar de fumar, pero bastó con que me dejaran a solas con un White Label y un paquete de tabaco al alcance de la mano para que se fueran al traste todos mis buenos propósitos. Una semana de abstinencia (espero que mis pulmones sepan agradecérmelo) y una moderada sensación de fracaso fueron el resultado del experimento.
Anoto mis últimas lecturas: Verano, Foe y Tierras de poniente, de J. M. Coetzee, Chet Baker piensa en su arte, de Vila-Matas, Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño, Relatos de un peregrino ruso, obra anónima. Libros que leí en casa, en el hospital, en casa de mis padres, en el despacho... Mientras tanto, mi mujer y mi hijo se rebozaban en arena y, me consta, apenas leían.
"Sevilla en agosto: Baden-Baden." (Especie de greguería oída hace años a no recuerdo quién y que en ocasiones encuentro muy acertada.)
Mi amigo Enrique emigra a un pueblecito de Austria. No sabe hablar alemán, apenas tiene dinero, es feliz. Siento una alegría salvaje (no se me ocurre una adjetivo más adecuado) al comprobar en cabeza ajena que la fuga es algo más que una mera posibilidad abstracta.
Empieza a llover y la familia corre a refugiarse debajo del toldo de la pastelería. Bajo el toldo azotado por el viento, entre ráfagas de lluvia, abuela, hijos, yerno y nietos comen pasteles y charlan como si nada. Le comento a mi cuñado que la escena parece sacada de una película de Fellini y él se muestra de acuerdo conmigo (lacónicamente).
En resumen: mi madre está intratable.
viernes, 2 de septiembre de 2011
sábado, 11 de junio de 2011
La víspera
La cosa no resultaba. Una manchita de sangre en la comisura de sus labios me hizo ver que debíamos parar de inmediato, así que, dándole una palmada en el muslo, le dije: "Basta de contorsiones, muchacha; esto no va". En total, ni dos minutos. Lo que se dice una escaramuza sin consecuencias. Sin embargo, cuando la vieja entró de golpe en la habitación —imagínate el susto— y encontró a su hija debajo de un desconocido que tenía los pantalones por las rodillas y el rostro todavía congestionado... en fin, en tales circunstancias me hubiera resultado muy difícil hacerme entender, ¿no te parece? De manera que opté por cerrar la boca y aparentar la mayor calma posible; me di la vuelta en la cama y me quedé esperando acontecimientos. Cosa rara, la vieja no se puso a dar gritos ni a corretear de un lado a otro del dormitorio tirándose de los pelos, como cabía esperar. También ella, la mamá querida, la viejita, había decidido tomárselo con calma. Tanto mejor, pensé. No sabes cómo detesto los escándalos, máxime cuando no hay razón alguna. Porque, como te digo, aquello no había tenido la menor importancia. Desde luego aquella tontería no iba a impedir que al día siguiente la novia se plantara ante el altar del brazo de su padre con la conciencia tranquila y la cabecita bien alta, en eso parecían estar de acuerdo madre e hija. Y en cuanto a mí... bueno, lo creas o no, tan pronto como vi que la vieja se sentaba al borde de la cama con absoluta naturalidad, como si se dispusiera a soltar una amable reprimenda a dos niños traviesos, me desentendí alegremente del asunto.
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