1. Tuve, para que no se diga, mi particular semaine de bonté en cierto pueblo de la costa, muy frecuentado por los amantes del langostino tigre y de los vinos generosos. Itinerario ascendente: playa, calzada, callejuelas, dos plazas muy coquetonas, empinadas cuestas y finalmente la mole color arena del castillo. Un discreto recreo para mis ojos, que ya andaban muy pero que muy cansados de posarse en las mismas archisabidas cosas de siempre. En fin, sin misterios: Sanlúcar de Barrameda, del ocho al quince de agosto. 2. Pero nos quedó un regusto a vacío, a tiempo hueco. El veraneo (de alguna manera habrá que llamarlo) nos dejó un poso de aburrimiento y tristeza que todavía no se ha diluido y que inexplicablemente no mitigan los trabajos ni los días. 3. Días que se gastan en trabajos, trabajos que dan sus frutos, frutos que amaso, que atesoro, como si uno fuera hijo de un ditero, en cajas de puros y otros escondrijos clásicos. A estas lúgubres miserias, Paulino, se ha reducido toda mi diversión en los últimos tiempos. 4. Doña Pandemia vino recientemente a visitarnos. No me tocó de lleno, o al menos eso he de creer por el momento, pero me ha dejado confinado en casa y aquí debo seguir hasta que pase la cuarentena. (Uno, en su ignorancia, creía que la cuarentena debía tener cuarenta días; pero no, solo son diez.) 5. Confinado, confinado... ¡Ah, las palabras! ¡Ah, los políticos y las palabras! La expresión "nueva normalidad" como ejemplo de la neolengua que se nos ha venido encima. Y mi favorita: "restricción de la movilidad nocturna", en vez del eufónico y evocador "toque de queda" de toda la vida. 6. Se nos entristece el alma cuando uno ya no puede ni fumarse un cigarrito en una esquina. 7. Ni apalancarse en la barra de un bar, ni dar bandazos por las calles a las tres de la madrugada. Ni nada de nada. 8. Y esta sensación de que en cualquier momento caerá el palo sobre el lomo. Estas inquietudes sin objeto visible, estos temblorcitos del corazón. 9. Y la cólera que, según mi observador hijo, se me dispara a las primeras de cambio. Las ganas de coger por el cuello al inquilino que no paga y además se niega a aceptar las cuentas que le presento, o al cliente díscolo que no sigue mi consejo, o a la carnicera del supermercado que se despide de mí con una sonrisa falsa y ese insoportable "buen día" tan desdichadamente de moda, o a ese tipo sabihondo que quiere saber más que yo, y eso sí que no, de ninguna manera. Cóleras de ditero viejo son, de ditero soberbio y miserable. Bien lo sé. ¡Yo, que no era así en absoluto! Qué asco me da reconocerlo y no saber cómo ponerle remedio. 10. [...] 11. Mis sueños son cada vez más enrevesados y barrocos. Hago desfilar por ellos a todo el mundo, amigos y enemigos, vivos y muertos, y no hay escenario ni combinación de escenarios que rehúse. Compensan la monotonía de la vigilia. Y además, no hay que llevar mascarilla.
jueves, 12 de noviembre de 2020
sábado, 27 de junio de 2020
Informe para una academia
Vuelven las idas y venidas a Santamaría Sur, de donde casi siempre regreso con algo jugoso que poner en el plato, quiero decir, en la cuenta corriente. Idas y venidas, coche o tren, la asfixiante y quizá inútil mascarilla antimuerte que solo me quito cuando estoy en la oficina. Me han adjudicado allí un despacho; por el momento, no me he atrevido a añadir ningún objeto personal a la parca colección de artículos de escritorio que alguien -un benefactor no identificado- ha dispuesto meticulosamente sobre la mesa. Todo está limpio. Todo es agradable. Creo que gozo de cierta consideración. Ya era hora.
Los casos: blanqueo de capitales / delito contra los trabajadores / concurso de acreedores / ítem más, algunas minucias poco o nada remuneradas que no hay más remedio que aceptar porque se trata de clientes importantes del Jefe o de favores particulares. Nada nuevo bajo el sol.
Vamos trabajando. Soy modesto y resolutivo. Llevo los asuntos al día. Soy simpático, educado, obsecuente. Me daría a mí mismo un beso si pudiera.
Fumo. Me duele la espalda. Debería de perder algo de peso. Debería de caminar un poco al menos. Siento que voy haciéndome viejo y eso me disgusta. Increíblemente, tengo cincuentaidós tacos. Todos mis sueños y pesadillas me devuelven a esa incredulidad.
Los casos: blanqueo de capitales / delito contra los trabajadores / concurso de acreedores / ítem más, algunas minucias poco o nada remuneradas que no hay más remedio que aceptar porque se trata de clientes importantes del Jefe o de favores particulares. Nada nuevo bajo el sol.
Vamos trabajando. Soy modesto y resolutivo. Llevo los asuntos al día. Soy simpático, educado, obsecuente. Me daría a mí mismo un beso si pudiera.
El despacho de Sevilla hierve.
Duermo mal. Me dan las tantas escuchando en YouTube conferencias de Antonio Piñero. A veces tengo pesadillas de las que despierto dando un salto en la cama.
La otra noche me dormí escuchando una conferencia de Borges. Soñé que era su discípulo. Borges caminaba aferrado del brazo de María Kodama y los discípulos los rodeábamos. Borges disertaba acerca de la pesadilla. Decía: “Llegamos ahora a la palabra más sabia y ambigua, el nombre inglés de la pesadilla: the nightmare, que significa para nosotros la yegua de la noche.” Mientras Borges, el ciego, hablaba (su voz era la voz que yo escuchaba por los auriculares), los discípulos se entregaban a toda suerte de burlas y gestos obscenos. Excepto yo. Me quedé escandalizado.
Fumo. Me duele la espalda. Debería de perder algo de peso. Debería de caminar un poco al menos. Siento que voy haciéndome viejo y eso me disgusta. Increíblemente, tengo cincuentaidós tacos. Todos mis sueños y pesadillas me devuelven a esa incredulidad.
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