domingo, 2 de mayo de 2021

Cómo no iba a haber un poco de desorden?

Pequeñas aventuras sanmarianas, como acompañar al Jefe adonde el Mudo, que, según parece, vende a precio de chiste un excelente vino tinto de fabricación casera (extrarradio, plantaciones, carriles de tierra, construcciones levantadas a la diabla; rápidamente perdidos y rescatados media hora después por un simpático tractorista ―el Jefe habla con él a voces sacando medio cuerpo por la ventanilla del coche― que nos indica el camino que debemos seguir a través de aquel laberinto). O subir al cerro del castillo sólo para descubrir que eso que en Santamaría Sur se conoce como El Castillo no es más que un viejo paredón con un gran agujero en el centro. También expulsar a un pájaro negro ―desde luego no es un cuervo, como ha dicho por teléfono la mujer del Jefe― que se ha colado en la cocina. Palos, revoloteos del pobre animal tropezando aquí y allá. Finalmente el no-cuervo encuentra la salida, sale disparado hacia el jardín y se posa ―imaginémoslo exhausto y todavía asustado― sobre un alero.

Y en la madrugada del viernes, un estruendo... Salto de la cama, recorro la casa alumbrándome con el teléfono móvil. El dormitorio de mi hijo. Nada. El pasillo, el comedor, el salón, la cocina. Nada de nada. La puerta del piso, etc. Todo parece estar en orden. Qué extraño. Vuelvo a acostarme. Pero ya de mañana, después de ducharme y vestirme y poner dos rebanadas de pan en la tostadora, noto un gran y ominoso vacío en la pared del salón. Entonces... ¡sí, lo veo! Un cuadro se ha desprendido de la endeble alcayata que lo sujetaba y se ha estrellado contra el suelo, el cristal hecho añicos.

Luego, en el tren que cada viernes me lleva a Santamaría Sur, levanto la cortina de la ventanilla que queda justo a mi izquierda para, qué se yo, distraerme con el paisaje y dejar que entre en el vagón un poco de sol. Parece imposible, pero... el vidrio está roto, quebrado, una miríada de pequeñas quebraduras. Un empleado ha puesto en la ventanilla una pegatina que advierte a los pasajeros del peligro; veo en el cristal el agujero que ha dejado el impacto de alguna cosa, una piedra, o una bala si queremos ponernos románticos. Demasiados cristales rotos, me digo. Bueno, solo dos. ¡Pero, qué casualidad! Inevitablemente pienso en el Inferno de Strindberg.

Mientras, el tren avanza. Avanza. El cuadro roto, la ventanilla rota. ¿Qué más? Habrá más tarde un vaso roto, un vaso que se resquebrajará cuando mi mujer vierta en él el café de su desayuno. Me lo dirá cuando regrese a casa, al anochecer. ¿Pueden creerlo? Pero ahora el tren avanza. Campos sembrados de paneles fotovoltaicos. Avanza. Un pueblo llamado Dos Hermanas. Grandes silos. Avanza. Un pueblo llamado Utrera. Nubes blancas y altas. Avanza el tren. Ya llega, ya estoy aquí otra vez: Santamaría Sur.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Cosmos

1. Tuve, para que no se diga, mi particular semaine de bonté en cierto pueblo de la costa, muy frecuentado por los amantes del langostino tigre y de los vinos generosos. Itinerario ascendente: playa, calzada, callejuelas, dos plazas muy coquetonas, empinadas cuestas y finalmente la mole color arena del castillo. Un discreto recreo para mis ojos, que ya andaban muy pero que muy cansados de posarse en las mismas archisabidas cosas de siempre. En fin, sin misterios: Sanlúcar de Barrameda, del ocho al quince de agosto. 2. Pero nos quedó un regusto a vacío, a tiempo hueco. El veraneo (de alguna manera habrá que llamarlo) nos dejó un poso de aburrimiento y tristeza que todavía no se ha diluido y que inexplicablemente no mitigan los trabajos ni los días. 3. Días que se gastan en trabajos, trabajos que dan sus frutos, frutos que amaso, que atesoro, como si uno fuera hijo de un ditero, en cajas de puros y otros escondrijos clásicos. A estas lúgubres miserias, Paulino, se ha reducido toda mi diversión en los últimos tiempos. 4. Doña Pandemia vino recientemente a visitarnos. No me tocó de lleno, o al menos eso he de creer por el momento, pero me ha dejado confinado en casa y aquí debo seguir hasta que pase la cuarentena. (Uno, en su ignorancia, creía que la cuarentena debía tener cuarenta días; pero no, solo son diez.) 5. Confinado, confinado... ¡Ah, las palabras! ¡Ah, los políticos y las palabras! La expresión "nueva normalidad" como ejemplo de la neolengua que se nos ha venido encima. Y mi favorita: "restricción de la movilidad nocturna", en vez del eufónico y evocador "toque de queda" de toda la vida. 6. Se nos entristece el alma cuando uno ya no puede ni fumarse un cigarrito en una esquina. 7. Ni apalancarse en la barra de un bar, ni dar bandazos por las calles a las tres de la madrugada. Ni nada de nada. 8. Y esta sensación de que en cualquier momento caerá el palo sobre el lomo. Estas inquietudes sin objeto visible, estos temblorcitos del corazón. 9. Y la cólera que, según mi observador hijo, se me dispara a las primeras de cambio. Las ganas de coger por el cuello al inquilino que no paga y además se niega a aceptar las cuentas que le presento, o al cliente díscolo que no sigue mi consejo, o a la carnicera del supermercado que se despide de mí con una sonrisa falsa y ese insoportable "buen día" tan desdichadamente de moda, o a ese tipo sabihondo que quiere saber  más que yo, y eso sí que no, de ninguna manera. Cóleras de ditero viejo son, de ditero soberbio y miserable. Bien lo sé. ¡Yo, que no era así en absoluto! Qué asco me da reconocerlo y no saber cómo ponerle remedio. 10. [...] 11. Mis sueños son cada vez más enrevesados y barrocos. Hago desfilar por ellos a todo el mundo, amigos y enemigos, vivos y muertos, y no hay escenario ni combinación de escenarios que rehúse. Compensan la monotonía de la vigilia. Y además, no hay que llevar mascarilla.