sábado, 13 de marzo de 2010

EL HOMBRE DE LA MASCOTA (II)

Hoy he vuelto a ver al hombre de la mascota. Hacía tiempo que no sabía nada de él, incluso llegué a pensar, supersticiosamente, que no volvería a verlo. El caso es que el hombre de la mascota estaba esta mañana otra vez en su sitio, con su mascota y su bastón, serio, como siempre, y mirando al frente, como siempre, y eso me ha alegrado el día, ha sido como reencontrarme súbita y gozosamente con un pedazo perdido de mí mismo. Tanto me he alegrado de verlo (con una alegría íntima de persona bien educada, una alegría que de ningún modo me he permitido exteriorizar y menos aún en plena calle) que he sacado el teléfono móvil y venciendo los restos de timidez que todavía me quedan, le he hecho disimuladamente una fotografía que publicaré aquí tan pronto como averigüe el modo de sacarla del dichoso teléfono. Debo decir, sin embargo, que hay un lunar negro en la reaparición del hombre de la mascota. El hombre ha vuelto, sí, estaba en el mismo sitio de siempre, con su vestimenta y complementos (sombrero y bastón) y actitud de siempre, pero ¡sentado! Que el hombre de la mascota estuviera sentado y no de pie, como ha sido su costumbre y ha sido visto durante tantos años, me ha hecho sentir de alguna manera el paso del tiempo, el sombrío y doloroso paso del tiempo, si se me permite decirlo así. Uno quiere que todo permanezca, que nada fluya, pero las cosas y los hombres fluyen sin remedio. Uno mismo no para de fluir, como he podido comprobar una y otra vez.
El hombre de la mascota es para mí como esa ventana iluminada de la calle Don Pedro Niño que tanto me conforta ver cuando regreso a casa después de una de mis cada vez más raras correrías nocturnas. Una ventana del segundo piso de la casa que, cuando yo era chico, se conocía entre los vecinos del barrio como la casa del marqués del Contadero, junto a la no menos famosa casa del cactus, detrás de cuyos cristales hay una cortina que tamiza la luz que proviene de una lámpara de sobremesa siempre encendida a esas horas y le da esa agradable consistencia cremosa que, en definitiva, es lo que a mí me conforta tanto. El hombre de mascota y la ventana iluminada son, sigamos con las comparaciones, como aquel dibujo hecho a tiza que durante años pudo verse en la fachada de la iglesia de San Hermenegildo, el niño de las orejas, le decíamos mi abuela y yo cuando ella me llevaba de la mano a San Cayetano. Cosas que están ahí para nosotros, que sabemos verlas, y un buen día (un mal día) dejan de estar.

2 comentarios:

ossip dijo...

Ciertamente inquietante este hombre de la mascota... Espero que nos sigas informando de sus movimientos.
Saludos.

C. B. dijo...

Haré lo que esté en mi mano, Ossip (¿Gregorovius?). Y gracias, muchas gracias por incluirme en tu lista de illuminati.