sábado, 29 de noviembre de 2025

2025 muere

No quisiera dejar pasar un año en blanco. Nunca fue mi propósito. Es tan solo que las circunstancias, esas cosas que pasan ahí fuera, me han dejado sin nada que decir, completamente seco. No obstante, haré un modesto esfuerzo y escribiré aquí alguna tontería. Cualquier balbuceo, con tal de que sea sincero, será bienvenido.

Vaciamiento y despersonalización: palabras que vienen bien al caso. Ya iremos hablando poco a poco de esto, aun sin hablar de esto.

Un nuevo oficio, con sus propias reglas y su peculiar lenguaje: fee, LOI, mindfulness, KPI, onboarding, coaching, team building, engagement... Aprendo rápido, si se me permite decirlo. Atrás, muy lejos, a una distancia abismal que, por paradójico que pueda parecer, se mide en meses, quedaron las viejas palabras del viejo oficio: providencia, decreto, señalamiento, autos, notificación, diligencia, vista... y con ellas (¡alabado sea Dios!) toda esa caterva de individuos molestos y desagradecidos a los que mi socia y yo solíamos llamar clientes, aunque no siempre tuvieran la intención de pagarnos.

Mindfulness: budismo para oficinistas.

Mi CEO, que algo atisba de todo esto, dice irónicamente que he pasado a mejor vida. No le quito ni le doy la razón. El nuevo oficio, es cierto, me proporciona más dinero que el anterior, y no es esta una razón menor para sentirse satisfecho.

Había, además, esa soberbia y ese vivir alucinado del que cree habitar para siempre dentro de un personaje ya hecho. Pero las circunstancias —vuelvo a evocarlas, aunque sin saber muy bien a qué me refiero— me han agarrado por el cuello y me han plantado frente al espejo, obligándome a mirarme a la cara. Y en ella he visto, en efecto, restos antiguos de soberbia y alucinación, y también de autocomplacencia y de pequeñez de miras. Un aleccionador desenmascaramiento que acepto de buen grado, como acepta el joven discípulo el varetazo del maestro zen. ¡Despierta, muchacho!

También, todo sea dicho, he visto en el espejo a un tipo que está envejeciendo.

A ratos acaricio la fantasía de convertirme en nómada digital. La cadena es corta, sin embargo, y la bola, demasiado pesada. Me complazco en imaginarme yendo de una ciudad a otra, arrastrando una maleta y con la mochila a la espalda. De una habitación alquilada a otra habitación alquilada, solo, lúcido y productivo. Pero, como digo, vivo encadenado a una bola de hierro. Me conozco algo y algo conozco mis circunstancias, y sé, desde el primer momento en que esta idea se me pasó por la cabeza, que lo del nomadismo quedará en puras ensoñaciones.

Anotar también la ambulancia, quince días con mi madre en el hospital, adonde llegaban malas noticias, la simulación descarada de mi madre y la enfermedad dolorosamente auténtica de mi cuñada, así como variadas tristezas que desde los pisos superiores vienen a caer en cascada sobre mi oficinesca cabeza. Lo de los pisos superiores no es metáfora: desde mi despacho, situado en la planta baja, oigo casi a diario el llanto de mi madre, habitante y propietaria de la casa. Me levanto, cierro la puerta y sigo con mis cosas, y no hallo culpa en ello.

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