sábado, 6 de junio de 2009

MUJER, NEGRO, JUDÍO, PERRO, ENANO

Hace más de ciento cincuenta años Charles Baudelaire pudo escribir y aun publicar: "Gracias, Dios mío, por no haberme hecho mujer ni negro ni judío ni perro ni enano". Yo añadiría: ni maricón.
Misoginia, racismo, antisemitismo, antropocentrismo y ¿cómo llamar a lo último?, misonosequé... todo ello en una sola frase. ¡Asombrosa capacidad de síntesis!
¿Quién se atrevería a afirmar en nuestros días lo que Baudelaire dijo sin despeinarse hace tantos, tantos años? Con el código penal en la mano (o en la pantalla del ordenador, no quiero faltar a la verdad), el desventurado que en estos tiempos de lo políticamente correcto quisiera imitar a Baudelaire se arriesgaría a ser condenado a la pena de prisión de uno a tres años por cada una de las palabras "mujer", "negro", "judío" y "enano" (art. 510 CP); y si consideramos a las sociedades protectoras de animales como portadoras de una determinada ideología digna de ser tutelada por nuestros sabios tribunales, a lo peor le caían tres añitos más. De nada le valdría al abogado del émulo de Baudelaire invocar el derecho a la libertad de expresión. ¡Todo tiene un límite, caballero!
Además, sus probabilidades de obtener alguna subvención pública o de dar una conferencia en el Instituto de la Mujer (tengo entendido que las pagan bien) menguarían sensiblemente.


Por cierto, no me olvido de que Charles Baudelaire fue procesado y condenado por ofender a la moral pública con la publicación de sus Flores del Mal (algunas imágenes poéticas se consideraron obscenas o blasfemas; desde ese lado hoy Baudelaire no tendría nada que temer, por supuesto). ¡Pero solo le impusieron una multa de trescientos francos, hombre!

lunes, 1 de junio de 2009

33 REVELACIONES

Miguel Infante Bruño es el autor de un breve texto titulado 33 revelaciones. Ahí van tres de las treinta y tres, quizá no las más logradas, aunque sí las que más me llegaron por razones diversas:

"Como el pintor que se dispone a pintar desde algún lugar elevado un paisaje cubierto por la niebla y al cabo de una hora de trabajo, cansado y confundido por una tarea que de repente juzga equivocada, deja a un lado el pincel y la paleta, retrocede unos pasos y contempla el lienzo: comprende entonces que no está pintando el paisaje, sino la niebla que lo cubre.

"Como el niño que en la azotea de su casa, a la hora del crepúsculo, juega solo con una espada de juguete; la blande, y con su hoja inofensiva atraviesa una y otra vez el aire poblado de incorpóreos enemigos: muchos años después el niño, ya adulto, comprende que se ha pasado buena parte de su vida combatiendo fantasmas con espadas de juguete y que ya va siendo hora de pasarse al acero y a la carne.

"Como el lector que busca en los anaqueles de su biblioteca un libro que recuerda haber leído hace años y del que ya no sabría decir el título ni el autor, pues sólo conserva en su memoria algunas frases vagas y rasgos sueltos de personajes secundarios que el tiempo ha desdibujado: después de buscar en vano durante toda la tarde, comprende que el libro añorado no existe; no existió jamás, jamás ha podido leerlo."