miércoles, 2 de marzo de 2022

San Luis de los Franceses

Visito por primera vez la iglesia de San Luis de los Franceses. Opulencia y teatralidad jesuíticas. Infinidad de reliquias, además, con una marcada preferencia por los huesos: tibias, costillas, fémures, mandíbulas... e incluso el cráneo completo de vaya usted a saber quién. Hay relicarios por todas partes. Alrededor de cada hueso, el artista -llamémoslo así- ha dispuesto florecillas secas y pequeñas conchas, y a veces, también, perlas y piedras preciosas. Todo con maniática simetría. Un trabajo digno de Leatherface.

Luego descendemos a la cripta. Según el guía ya no quedan aquí restos humanos, los cuales fueron exhumados durante la reciente restauración de la iglesia. Por lo demás, el guía confirma mi suposición de que el patio que se atisba a través de los tragaluces de la cripta es justamente el patio de recreo del colegio La Salle, donde cursé párvulos. Muchas veces, siendo niño, me asomé a estos ventanucos sin alcanzar a ver nada salvo una densa oscuridad. Casi medio siglo después, me ha sido dado ver desde el otro lado (que hoy es, para mí, este lado, es decir, el lado de la cripta) lo que mis ojos no pudieron ver entonces.

Del patio del colegio llega ahora un rumor de voces infantiles. En cualquier momento, me digo, podría asomarse al tragaluz la cabeza de un niño. Un niño lasaliano, por supuesto.

¡Ah, qué deliciosos espantos nos reserva la vida!

jueves, 11 de noviembre de 2021

Parábola del Impala

El hombre iba conduciendo un Impala del setentaiuno por la carretera del desierto de Sonora. Fumaba con el codo apoyado en la ventanilla abierta y llevaba puestas unas Ray-Ban de aviador que debían de haberle costado lo suyo. Era lo que se dice un gran tipo, con una gran facha y un gran coche, atravesando un gran desierto.

Pero toda esa gloria no era más que puro camelo. De repente el Impala fue un Seat 131 de cuarta o quinta mano, y las Ray-Ban, unas Royo-Bom que compré hace años por dos perras gordas a un vendedor ambulante en un chiringuito de Sanlúcar. Como ya habrán adivinado, el tipo no era un gran tipo, sino yo mismo. La carretera era una carretera comarcal de las de toda la vida, y a unos cien metros por delante de mí había un cartel que decía: venta La Tonta, mosto a granel. En vez del imponente desierto americano, campos sembrados de mustios girasoles y alguna que otra cabra suelta triscando por ahí. Eso sí, en el 131 hacía un calor de cojones.

―Entre un Chevrolet Impala y un Seat 131 hay sin duda grandes diferencias ―dijo entonces el maestro Zhuang, y añadió con mucha guasa―: A esto llaman mutación de las cosas.