martes, 31 de diciembre de 2024

Lo que nos agrada

El sol de la tarde en la fachada del instituto San Isidoro.

Los libros.

El chocolate, que engorda, y el tabaco, que mata.

Los bares de mi juventud, de los que apenas sobreviven tres o cuatro. El Dueñas, el Vizcaíno, la Rebotica, el Tremendo.

Contar dinero.

Pensar en lo agradable que sería dar un paseo por el campo o por la playa. Pensarlo y no hacerlo.

Soñar que voy en bicicleta.

El ajedrez.

Hablar de esto y de lo otro con alguien que sepa, sin pedantería, quién fue Tarkovski o Rulfo.

La bohemia a tragos cortos.

Posponer sine die el estudio de la lógica.

Los comics de ciencia ficción de los años setenta y ochenta.

Lo ruso. Los escritores rusos. Los cartelistas soviéticos. La arquitectura soviética. Etc.

Las miniaturas medievales.

La calle Atienza, de la que nunca he salido.

El bourbon. Jim Beam o en su defecto Four Roses.

El valor de los toreros.

La televisión en blanco y negro.

Reencontrarme después de muchos años con algún amigo de la infancia y comprobar con alegría que seguimos siendo niños.

La canción Never Marry a Railroad Man y la mujer que la canta.

Los juguetes mecánicos antiguos.

La moda masculina de mediados del siglo XIX.

Imaginar que soy William Faulkner, pero no a todas horas.

domingo, 16 de junio de 2024

Hondo sevillano hondo

Estos viejos condiscípulos míos, con sus hermandades y sus cofradías, su ruan y su esparto, sus rezos y sus estampitas. Estos hijos y nietos del nacionalcatolicismo, que votan a Vox «sin complejos», según dicen a boca llena y pecho henchido. Con sus fobias —los rojos y todo lo que a rojo les huela— y sus filias —la patria, la fe, los valores y similares artefactos—. Calvos algunos, con gran barriga otros. Con vara en el Corpus todos.

Eran niños rancios que ya llevaban dentro al viejo rancio que acabarían siendo cuando nos sentábamos, bien apretaditos, en los pupitres del San Francisco de Paula. Yo anduve siempre un poco o un mucho al margen. Pero anduve, anduve con ellos. Anduve, jugué y conversé con ellos. Y algo los conozco. Un poco, vaya.

Yo soy, por si todavía no se han dado cuenta, un desclasado.

domingo, 25 de febrero de 2024

Notas para un western imaginario

Empleado por primera vez en mi vida a una edad en la que más de uno ya empieza a pensar en desemplearse. Fue dar la gran patada y verme metido en esto. Veremos en qué acaba la cosa.

En mi cuenta corriente hay más rublos de los que sabría gastar. La pobreza es estimulante. Pero la riqueza, sobrellevada sin pasiones y con la cabeza fría, también lo es.

Sigue habiendo demasiados trenes. Y es cansado. Al principio es bonito lo de los trenes. Luego no tanto.

En los trenes de ahora, además... En los trenes de antes había pasillos y compartimentos y uno podía fumar cuanto quisiera e incluso compartir una botella de vino con los amigos. Yo lo he hecho. Todo era posible en aquellos trenes —el amor y la muerte y cuanto cabe en medio. Pero en los trenes de ahora...

En los trenes de ahora se trabaja.

Lo peor de Madrid son las cuestas.

Nunca hay que pensar en esto: que la vida es finita, que cualquier tiempo pasado fue mejor, que el cuerpo irá venciéndose y haciéndosenos cada vez más ajeno y menos comprensible, que lo que nos queda por ver no será mejor ni peor que lo que ya hemos visto, que a la larga todo cansa, todo hastía, todo repele, que somos culpables de vaya usted a saber qué, que somos víctimas de vaya usted a saber qué.

«No pienses, hijo, no pienses.»

«Pero si no pienso en nada, mamá.»

viernes, 29 de diciembre de 2023

Kempes o el ardor (II)


No solo el Kempes, claro, también estaba el niño que contaba películas y el niño que tocaba la armónica y el niño que cavaba zanjas, pequeñas zanjas circulares cuyo sentido o utilidad nunca reveló a nadie, y el niño fanático de Bruce Lee que a todas horas practicaba kárate o lo que él imaginaba que era el kárate. Y en fin, también podría nombrarles al hijo de un locutor de radio, muchacho seriote y buen conversador, y al hijo de un famoso cantaor de flamenco, un chaval chistoso y a ratos un gran pelmazo; niños importantes, de los que los demás querían hacerse amigos y a los que nadie se hubiera atrevido jamás a molestar. Y también, cómo podría olvidarme de ellas, la niña Mara y la niña Yedra. Yedra y Mara, Mara y Yedra, niñas modernas y sabias, inseparables hermanas o primas hermanas o simplemente amigas del alma, que vivían, si mi memoria no está mal informada, cerca de la plaza de San Pedro. Nos habían prohibido juntarnos niños y niñas bajo una misma tienda de campaña, pero, como es natural, nos saltábamos la prohibición cada vez que se terciaba y era frecuente que después del almuerzo, a la hora en que los mandos dormían la siesta o se ocupaban de misteriosos asuntos, los niños fuéramos a visitar a las niñas o las niñas vinieran a visitarnos. Fue en una de esas visitas a nuestra tienda que la niña Yedra me preguntó si yo sabía cuál era su letra favorita del alfabeto. Como no supe qué contestarle, la niña Yedra quiso darme una pista y me puso sobre el muslo (estábamos sentados en una colchoneta el uno al lado del otro y llevábamos puestos los reglamentarios pantalones cortos) una ramita en forma de Y. Ese ligero contacto de la punta de sus dedos y la cercanía del cuerpo de la niña, con la que hasta entonces no había cruzado una sola palabra, su aliento en mi cara y el extraño tono de su voz... Aquella fue casi con toda seguridad mi primera experiencia erótica no virtual. Poca cosa, dirán ustedes. Lo suficiente para no haberla olvidado todavía, les respondo yo.

viernes, 29 de septiembre de 2023

A ese corazón tan malo

Me voy, te dejo y te abandono, Santamaría Sur. Y qué lejos te veo ya. A dos semanas tan solo de la Gran Patada en el Culo y qué pequeñita ya, Santamaría, qué cosa insignificante y remota y ajena eres. Con tus trenes y tus vinos peleones y tus malas artes de pueblerina resabiada ¡queda con Dios, mujer!

Qué reservorio de anécdotas catetas, sin embargo, para esas noches del último invierno.

domingo, 21 de mayo de 2023

Conozca México primero

La única cosa interesante que me ha pasado en los últimos días ha sido leer una crónica periodística de mi querido Jorge Ibargüengoitia que lleva por título «Conozca México primero». El texto de Ibargüengoitia es bueno, pero uno se pregunta si su lectura, única cosa interesante, repito, que me ha pasado en los últimos días, compensa el aperreo de vivir. Lo que desde luego da que pensar.

miércoles, 29 de marzo de 2023

La espuma de los días

Cuando yo era yo y no el que soy ahora ‒que es indudablemente otro, alguien de quien, sin exagerar, apenas sé nada‒ disponía en abundancia de eso que con más o menos acierto suele llamarse «tiempo libre». ¿En qué se me iba aquel tiempo que ocupaba casi la totalidad de mi tiempo y que me permitía ser, bajo cualquier circunstancia, yo mismo? Básicamente en nada. Nada, porque nada era pasarse la vida en los bares o leyendo novelas. O jugando, ay, al ajedrez. Tiempo que se me iba en puras ensoñaciones y quimeras y también en imaginarias angustias, sin que de mi ser ‒mi verdadero ser, como con toda claridad veo ahora, ahora que paradójicamente soy otro‒ brotara el menor sentimiento de pérdida o de culpa. Tiempo cuasi feliz pasado en Babia y sin sombra de remordimientos. Y no fueron pocos años, que quede claro.

¿Tuvo sentido aquel tiempo ocioso que bien pude haber empleado en hacer algo de provecho, como por ejemplo, opositar a notarías? A esta pregunta debe responderse que nunca el tiempo es perdido, y que, en efecto, aquel tiempo mío, más mío que ningún otro, tuvo sentido. Porque aquel tiempo era LA VIDA, y la vida, nihilismos al margen, algún sentido ha de tener. Fui dichoso a ratos y a ratos no tanto. El resto es gelatina.

A aquel tiempo pertenecen los días gastados en deambular de acá para allá sin nada sólido en la cabeza y las tardes gastadas en sofá, tabaco y lecturas –las noches eran confusas y preferiría no tener que hablar de ellas–. De aquel tiempo son los amores contrariados y los amores felices, las obsesiones eróticas y las suaves complacencias. A él también pertenecen los torpes experimentos de escritura. A mi manera, fui fabulista:

Me has vencido ‒dijo la liebre‒. Pero mira que sólo tienes esto: tu lenta alegría de tortuga. [circa 1994] 

También me las di de dadaísta –siempre me han atraído los cachivaches antiguos–, de parodista –aquellos poemas del Cante Tonto que no reproduciré aquí, así me amenacen con una pistola–, de poeta bolchevique y, naturalmente, de autor maudit. Pero ante todo fui –y en cierto modo sigo siendo, y este blog es prueba de ello– diarista. Desde los siete años hasta bien pasada la cuarentena fui llenando cuadernos, libretas y vistosos álbumes con las banalidades que me sucedían y las ocurrencias que me inspiraban tales banalidades. La humanidad puede prescindir alegremente de estos diarios míos, pero yo no. Son para mí la prueba, las piezas de convicción, por así decirlo, de mi existencia, y me demuestran que, en líneas generales, también hubo un tiempo para mí. Abrir al azar una de esas libretas con tapas de hule (mis preferidas durante una época bastante turbia), reconocer con un agradable sobresalto la microscópica caligrafía de mis veintitantos años, leer, por ejemplo, la entrada del 7 de agosto de 1989 (contemplación de una muchacha que toma el sol en la playa / copa de ginebra en El Cubanito, al atardecer, «la playa refulgiendo como un pollo recién asado»), y revivir  de golpe, con absoluta nitidez, como si uno hubiera retrocedido en el tiempo, los acontecimientos y sensaciones de aquel día tan perfectamente insustancial, por otra parte, como cualquier otro. Esto no podría sucederme de no ser por mis diarios –y solo puede sucederme a mí, pues la experiencia es incomunicable–. ¿Las fotografías? Son engañosas, por ineptas y por pretenciosas, las fotografías. Mi consejo a los jóvenes con vocación de futuros ancianos nostálgicos es que abandonen la costumbre de fotografiar hamburguesas y de hacerse estúpidos selfis y comiencen cuanto antes a llevar un diario.

Una anotación de abril de 1990 comunica al lector (yo) mi decisión de dejarme crecer las patillas. Otra anotación, octubre de 1988, narra mis tribulaciones de perro faldero enamorado de una pérfida mujercita, personaje que aparecerá de manera harto recurrente hasta bien entrado el año 92. Los meses de octubre y noviembre de 1986 hubieron de inspirarme varios relatos de corte inequívocamente kafkiano: El entomólogo, Una visita nocturna y Relojes de Praga. Sépase además que el 19 de septiembre de 1993 una tortuga de mediano tamaño se cayó desde el balcón de un segundo piso de la plaza Ponce de León, con el consiguiente revuelo entre los transeúntes. La mañana del 20 de febrero de 1996, en la calle Sales y Ferré, una mujer me pide dinero para comprarse un periódico (precisamente un periódico). Se dirige a mí en un tono humilde y lastimero, pero en cuanto ha obtenido su óbolo se vuelve arrogante. 4 de marzo de 1998: el reflejo de mi rostro entrevisto fugazmente en la luna de un escaparate me deja consternado. El 7 de diciembre de 1990, en Granada, un más que satisfactorio encuentro erótico con una desconocida. Agradecido y galante, le regalo la cadena de plata que llevo al cuello. Al despedirnos la desconocida me advierte: no vayas a enamorarte de mí. A lo que yo le respondo chulescamente que no será el caso.

Así podríamos seguir un buen rato, pero no quiero abrumar. De muestra vale un botón. La ociosidad da para mucho, y bien mirado, es más nutritiva para el espíritu que las tediosas horas de oficina y los pleitos de este picapleitos que aquí, por no tener hoy nada mejor que hacer, se cuenta sus cosas.

lunes, 6 de febrero de 2023

Tristeza sanmariana de los bienes ajenos

En Santamaría Sur la envidia corre por las calles como un río, un río bilioso y fétido en el que todo sanmariano se baña y del que todo sanmariano bebe. Ellos no lo saben, pero es justamente así.

Ningún sanmariano puede sufrir que su vecino tenga un perro con mejor pedigrí que el suyo o que muerda más que el suyo.

Todo sanmariano se informará de inmediato del patrimonio que posees. Si a su juicio es poco, suspirará aliviado y fingirá compadecerte por tu mala fortuna. Si a su juicio es mucho... ¡gasta cuidado!

Tanto tienes, tanto vales. Aunque seas un analfabeto, aunque seas un adefesio, aunque hiedas como un burro muerto en una cuneta, aunque tu dinero venga de explotar a pobres diablos o de traficar con drogas... nada de eso tendrá la menor importancia si, al poner tus pies en el banco, el director deja a un lado cualquier cosa que esté haciendo y corre a estrecharte la mano al tiempo que te dice mil zalamerías. Entonces, amigo, todo estará bien. Entonces todo será perfecto.

«Si Fulanito triunfa, yo me ahorco»: Esta frase se la oí decir a un sanmariano del que, por otra parte, no puede decirse que haya fracasado en la vida. ¡«Me ahorco», qué cosas!

Ningún sanmariano dejará de fijarse en la marca del reloj que llevas, y poco después, a hurtadillas, averiguará su precio.

Los sanmarianos compiten entre sí por ver quién tiene el televisor más grande. Yo he visto allí televisores del tamaño de un campo de fútbol, lo juro.

Por lo demás, en Santamaría Sur no hay nada que ver. Desde luego nada que merezca la pena. Ya hablé en algún lugar de lo que allí se conoce como El Castillo y que, siendo generosos, no es más que un montón de escombros. Hay, eso sí, una bodega de aspecto agradable en la que uno puede tomarse un vaso de vino a la sombra de un emparrado.

jueves, 28 de julio de 2022

Desencuentro / reencuentro

¿Qué puede nacer del rencor? Nada bueno. ¿Por qué nos mostramos obsequiosos (e incluso serviles) justamente con quien más aborrecemos? Cualquiera sabe... Bajo la cruz, la calavera y la serpiente que adornan la fachada del Hospital del Pozo Santo, veo pasar una conocida figura de andares simiescos: ahí están la calva y el mentón hundido en la papada, he ahí la chepa y ese aire repelente de curita fanático y sabelotodo. Vuelvo la cara para no tener que saludarlo. Ya no podría soportar cruzar con él dos palabras.

(Meses después, sin embargo, hubo lugar para la redención, de lo cual me alegro. Ese abrazo suyo en San Fernando fue sin duda sincero. Por lo demás, hace años que cada cual sigue su camino, y no hay razón para que nada cambie. Estas líneas no cambian nada.)

sábado, 2 de julio de 2022

Kempes o el ardor (I)

Me acuerdo ahora del Kempes. El Kempes, que no se llamaba Kempes sino, un poner, Manolo, Manuel García Fernández, por decir algo, aquí no quiero dar nombres. El Kempes era futbolero y capillita y un chaval espabilado y más bien sobrado de kilos. Pero buena gente, el Kempes.

Vivía el Kempes, cosa curiosa, en un torreón (sus padres eran los guardeses del palacio de no sé qué marqués o conde), en una habitación ni chica ni grande que el Kempes había decorado a su gusto empapelándola de arriba abajo con estampas de vírgenes y de cristos y fotos de armaos de la Macarena. Tenía además un radiocasete que su padre le había traído de Ceuta y en ese radiocasete escuchaba una y mil veces, hasta sabérselas de memoria, las tropecientas cintas piráticas de marchas de Semana Santa que se había ido comprando en el Jueves con los dinerillos que ganaba haciendo mandados. Subías tú a su cuarto y el Kempes te decía que cogieras una cinta, la que tú quieras, socio, yo no miro, dale palante y cuando te parezca la paras y le das al play... Sonaba entonces la marcha un segundo, pero lo que se dice un segundo, y el Kempes iba y te soltaba de un tirón: Santísimo Cristo de las Siete Palabras, de don Antonio Pantión Pérez, banda de Las Cigarreras, ponme otra cinta, socio... Así era el Kempes.

Al Kempes lo conocí en los campamentos de verano de los pinares de Mazagón. Dormíamos en la misma tienda de campaña el Kempes y yo y otros cuatro muchachos, y eso une, eso crea vínculos. ¿Qué edad tendríamos? Alrededor de catorce años, calculo. Y creo que calculo bien porque me acuerdo de una noche que...

Bueno, es un poquito largo. Lo cuento si no les parece mal.

Íbamos de marcha camino de la aldea del Rocío, las cosas que se le ocurrían al tío Pepito, que era el jefe de campamento, un cincuentón canijo y renegrido y más franquista que Franco, un tipo raro raro, demasiado raro, pienso ahora al cabo de tantos años y con lo que ya sabe uno de la vida, y al atardecer, después de caminar unos quince kilómetros campo a través cantando a pleno pulmón soy el novio de la muerte y banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda y otras coplas por el estilo, coplas de una época que ya no era la nuestra pero que todavía nos quedaba como quien dice al alcance de la mano, acampamos en la playa. Éramos unos veinte chavales, levantamos las tiendas sobre la arena y los mandos reunieron matas secas y algunos palos que había desperdigados por ahí e hicieron una fogata. Con el campamento ya montado alguien se acordó de que aquella noche se jugaba el Alemania-Francia. Lo recuerdo perfectamente, el Alemania-Francia, partido de semifinales del mundial ochentaidós. De manera que, sí, yo tenía de fijo catorce años... El Kempes propuso entonces que nos acercáramos al pueblo y viéramos el partido en un bar. Era, como digo, un chaval espabilado. Tenía iniciativas y sabía tomar el mando. De inmediato se armó un barullo considerable y el tío Pepito levantó la mano para imponer orden y con aquella voz de tonadillera vieja que tenía, dijo: Me parece muy bien, pero alguien tiene que quedarse aquí guardando el puesto. Los muchachos ya no podían sacarse de la cabeza la idea de ver el partido y empezaron a mirarse la punta de los pies sin decir nada. Todos callados y expectantes y haciéndose los remolones. Y yo... En fin. Yo no sabría decirles por qué, tal vez porque me incomodaban aquellas cabecitas gachas y aquel silencio que amenazaba con hacerse eterno o porque, la verdad sea dicha, nunca he sido pese a mi timidez de los que escurren el bulto, o lo más probable, porque aquel partido me importaba más bien poco, pero el caso es que di un paso al frente y dije: Yo me quedo... ¡Hay que ver lo contentos que se pusieron todos! Socio, ¿tú te quedas?, me dijo el Kempes poniéndome una mano en el hombro. Me agradó mucho que me tratara con ese respeto, me sentí alguien. Yo me quedo, Kempes, dije, irse ustedes tranquilos... El Kempes me dio un par de cigarrillos en plan colega y el tío Pepito me dejó un transistor para que yo pudiera escuchar el partido. Y allí me quedé. Los demás se fueron al pueblo, los vi marcharse caminando en fila india detrás del tío Pepito, aquel mamarracho de hombre, y yo me quedé allí solo en la playa, sentado junto a la fogata y mirando al mar, escuchando en el silencio del anochecer el fragor de las olas y viendo cómo el sol se iba poniendo poco a poco, algo de una belleza que yo no sabría contarles, amigos, así que mejor se lo dejamos a los poetas. Solo estuve hasta que el sol se puso del todo y solo seguí en la playa con la única compañía del fueguecito aquel y de mi cigarrillo y de la radio que puse bajita cuando ya era noche cerrada y no se veía nada más que algunas luces de barcos, rojas y verdes, allá a lo lejos. Pero qué a gusto estuve... qué bien se estaba en la playa, de noche y sin gente, arrebujado en una toalla, pensando uno en sus cosas. De lo mejor que me ha pasado en la vida, y no se rían, que es la verdad.

Bueno, y todo este rollo para decirles que yo tenía entonces catorce años. En fin, hablábamos del Kempes, ¿no? Sigo contándoles.

miércoles, 2 de marzo de 2022

San Luis de los Franceses

Visito por primera vez la iglesia de San Luis de los Franceses. Opulencia y teatralidad jesuíticas. Infinidad de reliquias, además, con una marcada preferencia por los huesos: tibias, costillas, fémures, mandíbulas... e incluso el cráneo completo de vaya usted a saber quién. Hay relicarios por todas partes. Alrededor de cada hueso, el artista -llamémoslo así- ha dispuesto florecillas secas y pequeñas conchas, y a veces, también, perlas y piedras preciosas. Todo con maniática simetría. Un trabajo digno de Leatherface.

Luego descendemos a la cripta. Según el guía ya no quedan aquí restos humanos, los cuales fueron exhumados durante la reciente restauración de la iglesia. Por lo demás, el guía confirma mi suposición de que el patio que se atisba a través de los tragaluces de la cripta es justamente el patio de recreo del colegio La Salle, donde cursé párvulos. Muchas veces, siendo niño, me asomé a estos ventanucos sin alcanzar a ver nada salvo una densa oscuridad. Casi medio siglo después, me ha sido dado ver desde el otro lado (que hoy es, para mí, este lado, es decir, el lado de la cripta) lo que mis ojos no pudieron ver entonces.

Del patio del colegio llega ahora un rumor de voces infantiles. En cualquier momento, me digo, podría asomarse al tragaluz la cabeza de un niño. Un niño lasaliano, por supuesto.

¡Ah, qué deliciosos espantos nos reserva la vida!

jueves, 11 de noviembre de 2021

Parábola del Impala

El hombre iba conduciendo un Impala del setentaiuno por la carretera del desierto de Sonora. Fumaba con el codo apoyado en la ventanilla abierta y llevaba puestas unas Ray-Ban de aviador que debían de haberle costado lo suyo. Era lo que se dice un gran tipo, con una gran facha y un gran coche, atravesando un gran desierto.

Pero toda esa gloria no era más que puro camelo. De repente el Impala fue un Seat 131 de cuarta o quinta mano, y las Ray-Ban, unas Royo-Bom que compré hace años por dos perras gordas a un vendedor ambulante en un chiringuito de Sanlúcar. Como ya habrán adivinado, el tipo no era un gran tipo, sino yo mismo. La carretera era una carretera comarcal de las de toda la vida, y a unos cien metros por delante de mí había un cartel que decía: venta La Tonta, mosto a granel. En vez del imponente desierto americano, campos sembrados de mustios girasoles y alguna que otra cabra suelta triscando por ahí. Eso sí, en el 131 hacía un calor de cojones.

―Entre un Chevrolet Impala y un Seat 131 hay sin duda grandes diferencias ―dijo entonces el maestro Zhuang, y añadió con mucha guasa―: A esto llaman mutación de las cosas.

martes, 5 de octubre de 2021

La vida tengo ganada

Mi proyecto de vivir como un salvaje sin salir de casa se vio truncado por una visita de urgencia al dentista. Tuve que ducharme, afeitarme (adiós a mi barba de náufrago), ponerme pantalones (hasta entonces me habían bastado y aun sobrado unos simples calzoncillos), etc., todo eso para ofrecer un aspecto civilizado bajo la fresa. Volví, pues, al punto cero del salvajismo, y casi simultáneamente me deshice de un buen puñado de rublos que hicieron aún más rico a mi dentista. Estos hechos ocurrieron a principios de agosto, en la que podríamos llamar fase quimérica de las vacaciones. Los anoto ahora, en otoño, porque justo ahora me entró la nostalgia de vaya usted a saber qué.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Ars longa, vita brevis

Para pagar una vieja deuda de lector, estoy leyendo El arco iris de gravedad. Consumidas a día de hoy 603 páginas de un total de 1148. También leo a saltos los Cuadernos de Cioran, un tocho de 1053 páginas. Viene al caso recordar que el arte es laaaaaargo y la vida breve.

lunes, 5 de julio de 2021

Estancos

 Ay, los estancos... Los estancos y los estanqueros y estanqueras de los estancos que hay en un radio de ‒sin equivocarme demasiado‒ quinientos metros, tomando mi domicilio como centro de este imaginario círculo vicioso (del vicio de fumar). Saco cuentas de cabeza y me salen cinco estancos: el de la calle Jesús del Gran Poder, el de Trajano, el de Amor de Dios, el de El Corte Inglés, el de San Eloy... Esos estanqueros y estanqueras, que me ven entrar en el estanco y antes de que yo abra la boca ya están poniendo un paquete de Luckies sobre el mostrador (son buenos profesionales, los estanqueros; conocen bien su oficio). Que los estanqueros me recuerden y conozcan mis gustos es algo que me halaga y me preocupa. ¿Soy popular entre los del gremio de estanqueros? Esto me halagaría mucho. Tonta vanidad, como la que produce el que lo saluden a uno por su nombre los camareros del Dueñas o el conserje del colegio de abogados; tonta, tonta vanidad, no hay más que decir... ¿Y tanto fumo? Esto, naturalmente, me preocupa. No demasiado, porque me resulta difícil tomar conciencia, pero lo que se dice tomar conciencia de verdad, de la inmanente fragilidad de cualquier salud, en particular de la mía. La enfermedad, ya sea propia o ajena, siempre me coge por sorpresa, y ahí se puede ver claramente que en el fondo sigo siendo un niño.

En esto de los estancos soy de una infidelidad absoluta. Nada me costaría acudir siempre al mismo estanco; por cercanía y antigüedad, el de la calle Jesús del Gran Poder sería, por derecho propio, “mi estanco”. Pero algo me lo impide. Solo para dar un pequeño paseo o por pura novelería, desdeño el estanco de toda la vida y me acerco hasta el nuevo estanco de la calle Trajano, con sus revistas y souvenirs y otros artículos que nada tienen que ver con el fumar, con su estanquera gorda y chabacana que se toma conmigo demasiadas confianzas (me llama “hijo”, aunque casi podría ser su padre, si es que yo hubiera podido engendrar algo así). La gorda (caigo ahora en la cuenta de que nunca he visto su rostro, siempre oculto tras la mascarilla) me alcanza un paquete de Luckies sin mediar palabra, y yo acerco la tarjeta de crédito a como quiera que se llame ese cacharro que lee las tarjetas de crédito. 4,45.

 ‒¿OK? ‒digo.

‒ Todo bien, hijo ‒me dice la estanquera resollando un poco.

Los estancos...

domingo, 2 de mayo de 2021

Cómo no iba a haber un poco de desorden?

Pequeñas aventuras sanmarianas, como acompañar al Jefe adonde el Mudo, que, según parece, vende a precio de chiste un excelente vino tinto de fabricación casera (extrarradio, plantaciones, carriles de tierra, construcciones levantadas a la diabla; rápidamente perdidos y rescatados media hora después por un simpático tractorista ―el Jefe habla con él a voces sacando medio cuerpo por la ventanilla del coche― que nos indica el camino que debemos seguir a través de aquel laberinto). O subir al cerro del castillo sólo para descubrir que eso que en Santamaría Sur se conoce como El Castillo no es más que un viejo paredón con un gran agujero en el centro. También expulsar a un pájaro negro ―desde luego no es un cuervo, como ha dicho por teléfono la mujer del Jefe― que se ha colado en la cocina. Palos, revoloteos del pobre animal tropezando aquí y allá. Finalmente el no-cuervo encuentra la salida, sale disparado hacia el jardín y se posa ―imaginémoslo exhausto y todavía asustado― sobre un alero.

Y en la madrugada del viernes, un estruendo... Salto de la cama, recorro la casa alumbrándome con el teléfono móvil. El dormitorio de mi hijo. Nada. El pasillo, el comedor, el salón, la cocina. Nada de nada. La puerta del piso, etc. Todo parece estar en orden. Qué extraño. Vuelvo a acostarme. Pero ya de mañana, después de ducharme y vestirme y poner dos rebanadas de pan en la tostadora, noto un gran y ominoso vacío en la pared del salón. Entonces... ¡sí, lo veo! Un cuadro se ha desprendido de la endeble alcayata que lo sujetaba y se ha estrellado contra el suelo, el cristal hecho añicos.

Luego, en el tren que cada viernes me lleva a Santamaría Sur, levanto la cortina de la ventanilla que queda justo a mi izquierda para, qué se yo, distraerme con el paisaje y dejar que entre en el vagón un poco de sol. Parece imposible, pero... el vidrio está roto, quebrado, una miríada de pequeñas quebraduras. Un empleado ha puesto en la ventanilla una pegatina que advierte a los pasajeros del peligro; veo en el cristal el agujero que ha dejado el impacto de alguna cosa, una piedra, o una bala si queremos ponernos románticos. Demasiados cristales rotos, me digo. Bueno, solo dos. ¡Pero, qué casualidad! Inevitablemente pienso en el Inferno de Strindberg.

Mientras, el tren avanza. Avanza. El cuadro roto, la ventanilla rota. ¿Qué más? Habrá más tarde un vaso roto, un vaso que se resquebrajará cuando mi mujer vierta en él el café de su desayuno. Me lo dirá cuando regrese a casa, al anochecer. ¿Pueden creerlo? Pero ahora el tren avanza. Campos sembrados de paneles fotovoltaicos. Avanza. Un pueblo llamado Dos Hermanas. Grandes silos. Avanza. Un pueblo llamado Utrera. Nubes blancas y altas. Avanza el tren. Ya llega, ya estoy aquí otra vez: Santamaría Sur.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Cosmos

1. Tuve, para que no se diga, mi particular semaine de bonté en cierto pueblo de la costa, muy frecuentado por los amantes del langostino tigre y de los vinos generosos. Itinerario ascendente: playa, calzada, callejuelas, dos plazas muy coquetonas, empinadas cuestas y finalmente la mole color arena del castillo. Un discreto recreo para mis ojos, que ya andaban muy pero que muy cansados de posarse en las mismas archisabidas cosas de siempre. En fin, sin misterios: Sanlúcar de Barrameda, del ocho al quince de agosto. 2. Pero nos quedó un regusto a vacío, a tiempo hueco. El veraneo (de alguna manera habrá que llamarlo) nos dejó un poso de aburrimiento y tristeza que todavía no se ha diluido y que inexplicablemente no mitigan los trabajos ni los días. 3. Días que se gastan en trabajos, trabajos que dan sus frutos, frutos que amaso, que atesoro, como si uno fuera hijo de un ditero, en cajas de puros y otros escondrijos clásicos. A estas lúgubres miserias, Paulino, se ha reducido toda mi diversión en los últimos tiempos. 4. Doña Pandemia vino recientemente a visitarnos. No me tocó de lleno, o al menos eso he de creer por el momento, pero me ha dejado confinado en casa y aquí debo seguir hasta que pase la cuarentena. (Uno, en su ignorancia, creía que la cuarentena debía tener cuarenta días; pero no, solo son diez.) 5. Confinado, confinado... ¡Ah, las palabras! ¡Ah, los políticos y las palabras! La expresión "nueva normalidad" como ejemplo de la neolengua que se nos ha venido encima. Y mi favorita: "restricción de la movilidad nocturna", en vez del eufónico y evocador "toque de queda" de toda la vida. 6. Se nos entristece el alma cuando uno ya no puede ni fumarse un cigarrito en una esquina. 7. Ni apalancarse en la barra de un bar, ni dar bandazos por las calles a las tres de la madrugada. Ni nada de nada. 8. Y esta sensación de que en cualquier momento caerá el palo sobre el lomo. Estas inquietudes sin objeto visible, estos temblorcitos del corazón. 9. Y la cólera que, según mi observador hijo, se me dispara a las primeras de cambio. Las ganas de coger por el cuello al inquilino que no paga y además se niega a aceptar las cuentas que le presento, o al cliente díscolo que no sigue mi consejo, o a la carnicera del supermercado que se despide de mí con una sonrisa falsa y ese insoportable "buen día" tan desdichadamente de moda, o a ese tipo sabihondo que quiere saber  más que yo, y eso sí que no, de ninguna manera. Cóleras de ditero viejo son, de ditero soberbio y miserable. Bien lo sé. ¡Yo, que no era así en absoluto! Qué asco me da reconocerlo y no saber cómo ponerle remedio. 10. [...] 11. Mis sueños son cada vez más enrevesados y barrocos. Hago desfilar por ellos a todo el mundo, amigos y enemigos, vivos y muertos, y no hay escenario ni combinación de escenarios que rehúse. Compensan la monotonía de la vigilia. Y además, no hay que llevar mascarilla.

sábado, 27 de junio de 2020

Informe para una academia

Vuelven las idas y venidas a Santamaría Sur, de donde casi siempre regreso con algo jugoso que poner en el plato, quiero decir, en la cuenta corriente. Idas y venidas, coche o tren, la asfixiante y quizá inútil mascarilla antimuerte que solo me quito cuando estoy en la oficina. Me han adjudicado allí un despacho; por el momento, no me he atrevido a añadir ningún objeto personal a la parca colección de artículos de escritorio que alguien -un benefactor no identificado- ha dispuesto meticulosamente sobre la mesa. Todo está limpio. Todo es agradable. Creo que gozo de cierta consideración. Ya era hora.

Los casos: blanqueo de capitales / delito contra los trabajadores / concurso de acreedores / ítem más, algunas minucias poco o nada remuneradas que no hay más remedio que aceptar porque se trata de clientes importantes del Jefe o de favores particulares. Nada nuevo bajo el sol.

Vamos trabajando. Soy modesto y resolutivo. Llevo los asuntos al día. Soy simpático, educado, obsecuente. Me daría a mí mismo un beso si pudiera.

 El despacho de Sevilla hierve.

Duermo mal. Me dan las tantas escuchando en YouTube conferencias de Antonio Piñero. A veces tengo pesadillas de las que despierto dando un salto en la cama.

La otra noche me dormí escuchando una conferencia de Borges. Soñé que era su discípulo. Borges caminaba aferrado del brazo de María Kodama y los discípulos los rodeábamos. Borges disertaba acerca de la pesadilla. Decía: “Llegamos ahora a la palabra más sabia y ambigua, el nombre inglés de la pesadilla: the nightmare, que significa para nosotros la yegua de la noche.” Mientras Borges, el ciego, hablaba (su voz era la voz que yo escuchaba por los auriculares), los discípulos se entregaban a toda suerte de burlas y gestos obscenos. Excepto yo. Me quedé escandalizado.

Fumo. Me duele la espalda. Debería de perder algo de peso. Debería de caminar un poco al menos. Siento que voy haciéndome viejo y eso me disgusta. Increíblemente, tengo cincuentaidós tacos. Todos mis sueños y pesadillas me devuelven a esa incredulidad.

viernes, 5 de junio de 2020

El doble de Bobby Fischer (IV)

Pagué la cuenta y salimos a la calle. Luis Carlos se tambaleaba un poco. No habíamos bebido tanto, así que supuse que serían cosas de la edad. Dimos unos pasos en dirección a la calle José Gestoso y cuando llegamos a lo que alguna vez fue El Pavo Real, galerías comerciales, y hoy es no sé qué cosa moderna, Luis Carlos se detuvo en seco. Estuvo un rato mirándose las puntas de los zapatos -unos Castellano color corinto que me parecieron muy pijos-, cavilando o haciendo como que cavilaba. Luego arqueó las cejas, sonrió levísima, enigmáticamente, e inspiró haciendo mucho ruido... ¡Qué comediante!, pensé. Finalmente levantó la cara y me dijo: El otro día me miré al espejo... ¿y a quién crees que vi? A tu padre, le respondí sin dudarlo un segundo ("a Bobby Fischer", debería haberle dicho para ser consecuente con esta historia; pero entonces, o sea, ayer, o sea, cuando fuera, no tenía la menor idea de que algún día la escribiría). Luis Carlos asintió con la cabeza. Mi padre, sí, el muy hijo de puta... allí estaba, mirándome con cara de pasmado. Qué viejo estás, papá, pensé. Estuvimos un buen rato mirándonos a los ojos. Entonces, por decir algo, fui y le dije: Padre, yo te perdono. ¡Te perdono! Era tan sencillo como eso. Fue como si me quitara de encima una tonelada de mierda.

Y en fin... Me despedí de Luis Carlos allí mismo, frente al viejo rótulo del Pavo Real, un antiguo azulejo que los nuevos propietarios del inmueble se han visto obligados a indultar porque, supongo, así lo mandan las ordenanzas municipales. Le dije adiós, o hasta pronto, o cuídate. No lo recuerdo. Algo le dije y me fui a casa caminando despacito mientras me fumaba, casi sin ganas, el último cigarrillo del día.

Nos acercamos al final, y ya es hora de que se sepa que lo que aquí me cuento no ocurrió anoche, sino, no sé, hace tres o cuatro años por lo menos. Incluso puede que hayan transcurrido cinco o seis o siete años, vaya uno a saber, el tiempo pasa tan deprisa... No volví a ver a mi amigo. Luis Carlos murió hace... ¿un año, dos años? Me lo dijo Tulio en la misma barra de bar en la que Luis Carlos me había contado un buen pedazo de su vida para que yo, mucho, mucho tiempo después, me entretuviera escribiendo su historia (inventando un poco, rellenando algunos huecos y abriendo otros tantos). Y eso es lo que he hecho en estos días tontos de pandemia y confinamiento que, según dicen -aunque yo, escéptico por naturaleza, no acabo de creerlo-, cambiarán el mundo. Hecho está, y ya no hay vuelta atrás.

*  *  *

domingo, 10 de mayo de 2020

El doble de Bobby Fischer (III)

Cuando le llegan los días malos, Luis Carlos se encierra en sí mismo y no suelta una palabra como no sea para maldecir su suerte o para injuriar al primero que se le cruce por delante. Si por cualquier motivo te acercas a él en uno de esos días, te fulminará con la mirada y te mandará mudar a otra parte. Eso si le caes bien. Si no le caes bien puede ponerte de cabrón para arriba en un instante, sin importarle quién seas y sin pararse a averiguar tus intenciones, que no necesariamente tienen que ser malas. Lo recuerdo en el Dueñas, hace años de esto, soltando sin venir a cuento un aluvión de insultos y de increíbles obscenidades sobre el pobre de la Prida, cuyo único delito había sido sonreírle e invitarlo a una cerveza para tratar de levantarle el ánimo. Días después le pregunté por qué había tratado de aquella manera a de la Prida, un tipo que nunca se metía con nadie y que a nadie hacía daño, y me contestó que precisamente por eso lo había tratado así. ¡Porque es un pusilánime!, dijo a modo de conclusión. Así que cuando Luis Carlos está de malas lo mejor que puedes hacer es dejarlo en paz y esperar a que se le pase; tarde o temprano volverá a ser el simpático histrión que todos conocemos y que sabe hacerse querer por sus amigos. Anoche estaba en uno de sus mejores días, o al menos en una de sus mejores horas, y me dije que debía aprovecharlo, aprovecharlo bien, porque nunca se sabe... Todavía no había divorcio en España, siguió contándome, pero mi mujer y yo llegamos a una especie de apaño, un arreglito decente como se decía entonces. Para ella la casa y la niña y lo poco o mucho que hubiera logrado sisarme en los tres o cuatro años que habíamos vivido juntos, y para mí la felicidad de no tener que volver a verla. No es que yo no la quisiera. No era exactamente eso. Pero me quería más a mí mismo, hay que entenderlo. Durante un tiempo viví en casa de mi hermana, asilado allí como un refugiado político. Pasé una mala racha, puedes imaginártelo, y tal vez no me habría repuesto nunca de ella de no ser por mi cuñado. Aquel hijo de puta, con su sola e insoportable presencia, hizo que me pusiera en marcha otra vez. Así que, para ser justo, debería de estarle agradecido. Como yo no tenía un céntimo -en mi cuenta corriente solo había telarañas y lo poco que me dieron por el Dodge no tardó en volar en un par de noches de farra-, me  decidí a hacerle una visita al Gran Sátrapa. Era mi último remedio, y la cosa tenía sus riesgos. El Gran Sátrapa -así era como Luis Carlos llamaba a su padre- era el típico self-made man surgido del hambre y el miedo de la posguerra. Había tocado con éxito todos los registros al uso: estraperlo, préstamos con usura, negocios turbios y más turbios aún. Era un tipo listo y en poco tiempo se hizo con un capital curioso. A mediados de los cincuenta ya era propietario de tres casas de pisos, una pensión más o menos decente -que puso al cuidado de un paisano de confianza, veterano de la División Azul- y la mitad de las acciones de una fábrica de paraguas de Barcelona. Quiso que sus hijos recibieran una buena educación y a los tres les dio carrera para que pudieran abrirse camino en la vida sin necesidad de descender a esas cloacas que tan bien conocía él y en las que se movía como una serpiente. No hace falta decir aquí que Luis Carlos nunca mostró el menor deseo de ceñirse a los planes que le había trazado su padre. Ya desde chico le había dado más de un quebradero de cabeza, y el padre trató de enderezarlo -en vano- a fuerza de broncas y correazos y de colegios internos para niños descarriados (en donde nunca nadie aprendió nada bueno, dicho sea de paso). Fui a verlo, a ese sátrapa, dijo relamiéndose la espuma que le había dejado la cerveza en el bigote. A verlo fui, a postrarme ante él. Y con gran humildad, no del todo fingida, dicho sea en mi favor, logré convencerlo de que me admitiera de nuevo en el redil. No diré que logré engañarlo del todo; el sátrapa era demasiado listo, tenía muchos tiros dados y no se ablandaba así como así por mucho que uno representara ante él, aunque de manera más que convincente, creo yo, el papel del hijo pródigo y el de la mujer samaritana, los dos en uno. Pero el caso es que le saqué trescientas mil pesetas de la época, a cambio de la promesa, que naturalmente nunca cumplí, de retomar mi profesión y hacer las paces con mi esposa.

Se ve que te quería mucho tu padre, dije. No me contestó. Su único ojo útil se quedó mirando un punto entre la barra de zinc y la máquina del café. Una mente acostumbrada a los ritos tabernarios no tarda en descubrir esos signos sutiles que te dicen que ya es hora de ir pensando en pagar la cuenta y largarse a otro sitio (ese silencio raro y esas cabezas agachadas de los camareros, y esa atmósfera compacta, casi tangible, que se forma en el interior del bar minutos antes de que echen -hasta la mitad, como primer aviso- el cierre metálico...). Solo quedaban en el bar un par de bebedores solitarios, dos tipos anodinos que tal vez seguían allí, apalancados en la barra, por la única razón de que no querían irse a la cama sin haber oído el final de la historia. Luis Carlos se acariciaba su asilvestrada barba y sonreía. Sonreía, sí -¿por qué ese miedo a usar determinadas palabras?-, con melancólica dulzura. […]